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Mensaje por Maximiliano S. Vongola el Jue Abr 21, 2016 8:56 pm

Una promesa que perdura | Priv. Isabella |

—Lago
02:34am


El viento esa noche era suave, una mera brisa nocturna de primavera que mecía de tal forma los árboles que sus hojas generaban el más relajante sonido durante esas horas. Algunas cigarras se unían a su melodía e incluso, si prestaba la adecuada atención, también podía notar el sonido del agua del lago chocando contra las pequeñas rocas del borde ante los movimientos que algunos pequeños animales causaban en ella. Todas y cada una de esas sensaciones podían ser percibidas a la perfección por el guardián y sin lugar a dudas los momentos como ese eran de sus preferidos. Usualmente, él era un hombre que no podía realmente sentarse a relajarse y disfruta, simplemente perdiendo el tiempo o teniendo algún ocio en particular, por lo que cuando se daba la oportunidad, sabia aprovecharla a la perfección.  

Maximiliano desde joven destacó por sus méritos propios, fueron esos mismos logros lo que lo llevaron a convertirse en el hombre que era en esos momentos, a poseer el rango y responsabilidad que ahora pesaban sobre sus hombros ¿Esto era una molestia para él? Por el contrario, la misma vida del guardián había tomado un verdadero sentido cuando comenzó con su trabajo, por el cual estaba literalmente dispuesto a dar la vida. ¿Pero qué podría ser tan importante para el demonio? Fue en ese instante cuando él abrió lentamente los ojos, poco a poco, hasta que gracias a la luz de la luna en esa noche pudo ver claramente la figura de la fémina frente a él. Ella se había vuelto la razón de su propia existencia, su deber era protegerla y todos sabían eso, sin embargo solo él conocía cuan dispuesto estaba a ello.

Su espalda estaba recargada en el suelo mismo, sobre el césped verde que se formaba a los alrededores de aquel lago.  Su cabeza, se encontraba recostada sobre las piernas de aquella mujer que él observaba en esos momentos de forma detenida. No recordó el instante en el que simplemente se había dormido sobre las piernas ajenas, sin embargo algo teína claro y era que siempre lograba encontrar la relajación absoluta en su compañía. —No me has despertado… La voz del demonio siempre tenía una tonalidad relajada, haciéndolo ver como si nunca tuviera la necesidad de elevar la voz en lo absoluto. Sus ojos brillaban de forma extraña con el reflejo de la luz de la luna, puesto que aquel color gris parecía intensificarse y hacer que su mirada pareciera incluso más profunda o felina de lo que originalmente era.

Cerró el puño derecho, aquel que había mantenido en todo instante sobre su propio estómago y giró un poco el rostro, observando entonces la copa de los árboles  y entre ellos, la infinidad de estrellas que se apreciaban esa noche —No debes permitir que simplemente duerma Comentó en lo que nuevamente se centraba en los sonidos de su alrededor, manteniéndose alerta de forma constante aunque aquel semblante no lo demostrase en absoluto. Fue entonces cuando poco a poco se fue incorporando, apartándose de las piernas de ella pero no de su lado, puesto que terminó sentándose justo junto a ella, casi rozando su brazo con el ajeno. Manteniendo una pierna flexionada, apoyó el brazo contrario a donde estaba ella sobre el mismo, clavando la vista en el agua del lago unos instantes antes de girar la cabeza y observarla a ella —¿No te aburrías de verme simplemente dormir?
Maximiliano S. Vongola
Mensaje por Isabella. el Jue Abr 21, 2016 10:16 pm

Re: Una promesa que perdura | Priv. Isabella |

Puede que entre suspiros repentinos, ella haya dejado escapar más de un recuerdo o sentimiento fuertemente arraigado a su corazón, al menos mientras observaba los cambios en las tonalidades del cielo para finalmente admirar la imponente luna en el manto negro, siendo ella tan pálida como una perla solitaria en tamaño que gozaba con compañías menores, las estrellas. ¿Qué pasaba por su cabeza?, nada que requiriese demasiada atención o introspección, por el contrario…sus memorias eran apacibles en ese preciso instante en el que solo se centraba en una cosa…el sonido del viento, los propios sonidos bajos que emitía el lago que englobaba tanta diversidad de vida y especialmente, aunque fuera ridículo de decir, claro está, en la respiración del guardián o mejor dicho…en el sonido estable como rítmico de los latidos de su corazón.

Cada tanto bajaba la mirada, ella podía dedicar minutos enteros para observarle dormir, si, algo tan sencillo como ello porque aunque reconocía fehacientemente el poder que podía poseer un guardián de su clase, la simple idea de verlo tan “indefenso” en apariencias, despertaba ternura inconmensurable en todo su ser…Incluso se tomaba el atrevimiento de rozarle los cabellos con la mano derecha, entrelazando algunos cabellos oscuros entre sus delicados dedos al propinarle una caricia sutil, procurando por sobre todas las cosas no despertarlo. La sonrisa en su rostro era evidente, sutil, si, como un rayo tenue en una fría mañana de invierno que tímidamente se vislumbraba…pero completamente sincera en todo el amplio sentido de la palabra. ¿Qué experimentaba ahora mismo?, paz…de por sí, Isabella era un ser que raras veces perdía la calma y en ese estado es donde podía vislumbrar objetivamente todas las cuestiones que la relacionaban, sin llegar a ser imprudente como para ponerse en peligro para tampoco exponer a otras personas.

Su naturaleza de por si le pedía insistentemente permanecer “oculta”, las multitudes no eran lo suyo y el temor siempre estaba presente. ¿Cómo era posible que un ser como ella sintiese temor?, por más comprensión que sintiera ante la “raza humana”, no lograba comprenderlos del todo…pero si en más de una ocasión terminó preguntándose por qué no supieron detenerse a tiempo, por que prefirieron destruir el planeta hasta sus cimientos en vez de detener todo el daño que estaban causando. Las ideas eran muchas, demasiadas conjeturas que en más de una ocasión supieron entristecerla lo suficiente como para que esa mirada tan cándida perdiese brillo…pero ya no tenía que recaer sobre sus propias tristezas, pues en la cúpula había encontrado la paz que necesitaba, el terreno mismo donde se encontraban ambos era su pequeño “lugar en el mundo”.

Solo cuando este despertó ella bajó la mirada, ¿en qué momento se había distraído observando las estrellas?, no recordaba con claridad…pero, oh claro!, automáticamente le observo con extrema calidez, volviendo a esbozar una sonrisa fina como sincera en lo que seguía con la mirada los movimientos ajenos con cuidado, por simple maña o más bien costumbre al ser prácticamente la única persona con la que podía charlar de igual a igual. —¿Despertarte antes de tiempo?, ¿Qué estás diciendo, Maximiliano?— Cuestionó por ese entonces en un tono de voz completamente melodioso, envolvente pero con atisbos de encanto incalculable pero no por eso menos respetuoso. —Te veías demasiado cómodo en ese sueño profundo, así que…deliberadamente me sabía mal si terminaba despertante sin causa. Claro que no me aburría, es divertido ver toda la clase de gestos que haces cuando duermes, pero…me pregunto a causa de ser tan curiosa. ¿Con qué o quién soñabas?, claro si es que puede saberse o... ¿Preferirás negarme el privilegio de saber?— Comentó en un ligero tono de broma, disfrutando de esa cálida brisa mecer sus cabellos violáceos hacia atrás que constantemente enmarcaban su delicada figura, mientras que en aquel semblante bien podía notarse lo a gusto que se sentía por la reconfortable compañía de ese hombre cuyos ojos eran tan llamativos como la misma luna.
Isabella.
Mensaje por Maximiliano S. Vongola el Mar Abr 26, 2016 8:57 pm

Re: Una promesa que perdura | Priv. Isabella |

Volvió a apartar su mirada, dirigiéndola hacia el mismo lago, utilizándolo de espejo al notar el reflejo de la luna que se asomaba entre los árboles, quedándose perdido en aquello durante al menos unos segundos hasta que cerró sus ojos al escuchar las palabras de la diosa en seguramente un intento de bromear o molestarlo —Estoy lo suficientemente seguro de que no hago gestos al dormir Comentó, atento a cada mínimo sonido de su alrededor. A las dos podía escuchar perfectamente un ave, búho tal vez. A las ocho notó en el mismo lago el movimiento del agua producto de un sapo que había saltado dentro de esta, y a su lado… la sonrisa de la Diosa. —Recordaba un poco la tierra, simplemente me relajé demasiado aquí. No era mentira alguna, puesto que al menos estando en su compañía, podía relajarse sin necesidad de pensar en nada más que ella. Se fue poniendo entonces de pie, sin molestarse realmente en sacudir o arreglar su ropa, pues este aspecto normalmente le importaba poco y nada —Iré a ver los alrededores ¿Vienes conmigo? Extendió su diestra hacia ella sin dudarlo ni un instante, estaba totalmente acostumbrado ya a su compañía ¿Cuántos años habían pasado ya? No sabía desde hace cuánto la existencia de la diosa se le había revelado, sin embargo desde que su trabajo comenzó, había tomado la costumbre de no perderla de vista ni un solo instante, no si eso aseguraba su seguridad.

Soltó su mano poco después de que se pusiera de pie, con un extraño cuidado teniendo en cuenta que era un demonio desinteresado respecto al resto de personas. Poco a poco comenzó entonces a caminar, rodeando el lago unos instantes mientras su mirada. En realidad no necesitaba revisar el perímetro del lago, sin embargo siempre se mantenía quieto cuando ella lo hacía, y por su mente siempre estaba la idea de que permanecer siempre en el lago podría ser algo aburrido para ella con el correr del tiempo, permaneciendo escondida, mantenida en aquel lugar cuando anteriormente había entendido que era perfectamente libre. Por eso mismo, cada cierto tiempo, se internaba en el bosque para recorrer junto a la diosa hasta donde la misma seguridad les permitiese, buscando tampoco fallar a su propio deber a base de sus emociones —Isabella Rompió entonces el silencio, deteniendo su andar luego de haberse adentrado poco y nada entre los árboles que escondían al lago —¿Te agrada permanecer aquí? Cuestionó sin más, puesto que a pesar de que ella podía parecer increíblemente calmada y amable, tal vez ocultaba sus verdaderos pensamientos por el bien del resto.

—Si quieres ir a otro sitio, puedo acompañarte a él mientras no sea cercano a la academia o la ciudad. Si bien ella permanecía allí oculta, por las noches, aprovechando la poca cantidad de personas por los alrededores, podía acompañar a la contraria para que evitara sentirse demasiado atada allí. —Puedes pedirme lo que quieras.
Maximiliano S. Vongola
Mensaje por Isabella. el Lun Mayo 16, 2016 9:53 pm

Re: Una promesa que perdura | Priv. Isabella |

La Tierra. Era ella quizás su más grande desdicha o pena, la misma había quedado en un estado deplorable, con imposibilidad de un prometedor futuro a corto o largo plazo. La Tierra…esa que se empeñaron en destruir, seres ciegos impulsados por el motor de la codicia, seducidos por el deseo de poder…ciegos, criaturas ciegas e ignorantes, así eran para Isabella que por ese entonces no había cambiado su manera de percepción sobre ellos. ¿Cuántas lunas habían transcurrido ya desde ese incidente?, lo recordaba con claridad, como si se tratara de un ayer pero por más que fuera lejano, dolía, le dolía en el alma y se generaba un vacío que no podía llenar. Terminó saliendo de sus pensamientos, prestando atención al guardián a medida que se ponía de pie con su ayuda, siempre sonriéndole cuidadosamente, sin llegar a confesar realmente lo que la preocupaba. No estaba en la naturaleza de la diosa generar preocupación en el hombre que la protegía día y noche, que más que un guardián…era un fiel compañero en quien sabía que podía apoyarse si algo no resultaba bien. —Claro que sí, podemos recorrer cuanto quieras, yo encantada de poder acompañarte— Mencionó con calma, metódica en sus palabras pero estas con una fuerza impregnada tan misteriosa como única.

—¿Pedirte…?— Sonrió, manteniendo el paso tranquilo para así observar siempre hacia adelante, tranquila y relajada. —Haces demasiado por mí. Expones tu vida por cuidarme, simplemente te debo mucho más de lo que crees y…además yo estoy bien, creo que no necesito más, este sitio me agrada demasiado, tu presencia lo hace muchísimo mejor— Confesó con sinceridad absoluta, ya que después de todo no estaba en ella el mentir o decir algo que no fuera real. Así se sentía, entre libre como el viento que soplaba esa noche pero afortunada.

Observó de reojo al guardián, la apariencia de este de por si parecía ser fría, a simple vista él parecía un hombre desinteresado por todo pero Isabella consideraba que esto se trataba únicamente de una simple fachada, ya que al menos con ella siempre había sido bastante “cálido” dentro de lo que respectaba. —Quizás alguna que otra noche podríamos ir al árbol sagrado o…no lo sé, realmente no sabría a donde ir. Tengo libertad, pero irónicamente no me gustan los sitios con demasiadas personas, ¿suena tonto no?. ¿Maximiliano?, ahora es mi turno de preguntarte, puedes responder o simplemente cambiar de tema, pero…¿Por qué aceptaste cuidar de mí?. Dudo que te hayan obligado a tal cosa, ya que considero que no puede haber algo peor que te aten a otra persona?—
Isabella.
Mensaje por Maximiliano S. Vongola el Lun Jul 04, 2016 12:20 pm

Re: Una promesa que perdura | Priv. Isabella |

El demonio estaba usualmente acostumbrado a permanecer en silencio. Ya tanto tiempo había pasado junto a la diosa que no había ningún instante donde se sintiera realmente incómodo con ella, no había necesidad de demasiadas formalidades y a pesar de que siempre estuviera alerta por su seguridad, no había ningún rastro de falsedad en sus acciones, estaba claro que podía ser él mismo siempre y en cuando ella estuviese a su lado —Es mi deber dar mi vida por ti, Isabella A pesar de lo grande e las palabras, las soltó como una simple frase, como si no estuviese hablando sobre el debate de vivir o morir. —El que lo haga no significa que estés en deuda conmigo. Sus ojos se mantuvieron en el camino y cada tanto observaba a un costado cuando un sonido era lo suficientemente interesante para llamar su atención, el último había sido seguramente una rata.

Regresó finalmente la vista a ella, parpadeando unos instantes en lo que escuchaba con completa atención la petición que esta hacía. El árbol sagrado no estaba del todo lejos, y teniendo en cuenta el horario y donde estaba posicionado, no habría nadie allí que los molestase. —Queda cerca, podemos ir y permanecer allí un tiempo Aceptó aquello, sin embargo fueron las palabras que siguieron las que lo obligaron a detener el paso, manteniendo las manos en los bolsillos del pantalón, la observó en absoluta seriedad unos segundos, quedando ligeramente unos pasos detrás de ella. Lo cierto era, que no sabía explicar con exactitud el motivo por el cual había aceptado aquello, o tal vez si, el problema era que el motivo de ese entonces y el actual, eran completamente diferentes.

Respiró de forma profunda, cerrando sus ojos unos instantes como si estuviese cansado, cuando en realidad no era así. Nuevamente los abrió, dando atención a los ojos de ella —No es una historia demasiado larga o complicada. Cuando me ofrecieron ser tú guardián personal supe que era algo importante que no se podía pedir a cualquiera, fue por eso que acepté. Lo cierto era que jamás deseó ser una carga para su padre, no tanto por cariño, puesto que aunque lo apreciara, lo que él deseaba era poder ser independiente. Volvió a caminar, acortando la distancia que había dejado en ambos solo para posarse a un lado de ella, enfrentándola por completo.

Fue en ese instante donde quitó la mano del bolsillo sin pensarlo ni tener un rastro de duda, colocándola en la cabeza de esta, deslizándola en una ligera caricia hasta posarla en su mejilla. Los ojos del guardián, fácilmente revelaban que estaba debatiéndose en un pensamiento, y finalmente sus labios se separaron para soltar al menos una de las cosas que tanto pasaban por su mente —Ese fue mi motivo inicial. No significa que sea el motivo por el cual continuo siendo tu guardián en este momento ¿Comprendes lo que quiero decir? Su voz sonó increíblemente pacifica, lenta, como quien le estaba explicando delicadamente a un infante el motivo por el cual no podía rayas las paredes. —Esto no es solo por mi deber.
Maximiliano S. Vongola
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